Labo Herbo nace en Santiago del Estero como un laboratorio artesanal de fitocosmética. Trabajamos con extractos vegetales, aceites prensados en frío y mantecas orgánicas de proveedores regionales, en lotes pequeños y con envases reutilizables. Nuestro foco está en pieles sensibles y en personas que quieren entender qué se aplican sobre la piel y por qué.
Formulamos para quienes buscan alternativas vegetales sin fragancias sintéticas ni conservantes agresivos. Cada producto se prueba en pieles reactivas y se documenta su comportamiento antes de salir al catálogo.
Registramos el origen de cada materia prima, el lote de elaboración y las condiciones de envasado. Así podemos rastrear cualquier partida y ajustar la fórmula si una cosecha cambia sus propiedades.
Además de cremas, bálsamos, tónicos y jabones saponificados en frío, dictamos talleres presenciales y guías descargables sobre plantas medicinales y seguridad de uso tópico. La idea es que cada persona pueda decidir con información.
No hablamos de milagros ni de resultados inmediatos. Explicamos qué hace cada activo, en qué concentración está y qué límites tiene. La confianza se construye con datos, no con slogans.
Trabajamos con productores regionales, herboristerías y espacios de formación que comparten nuestro criterio: materia prima trazable, procesos cuidados y un trato directo con quien cultiva.
Proveedor de plantas medicinales y aromáticas cultivadas en Santiago del Estero. Abastece nuestros tónicos y blends desde 2019.
Cooperativa que nos provee aceites de oliva y jojoba prensados en frío, con certificación orgánica y entrega mensual.
Espacio de formación con el que coorganizamos talleres de saponificación y compartimos moldes y técnicas de curado.
Vivero local que cultiva caléndula, manzanilla y lavanda para nuestras formulaciones, con rotación de cultivos y cosecha manual.
Fábrica de envases de vidrio ámbar y frascos con tapa de aluminio, con sistema de devolución para nuestros clientes.
Desde los primeros ensayos con aceites regionales hasta la consolidación del laboratorio, cada etapa dejó una marca en la forma en que formulamos hoy.
Empezamos en una cocina de Santiago del Estero con frascos de vidrio, aceite de oliva y flores de caléndula del patio. Esa primera tanda de macerado nos enseñó a respetar los tiempos de extracción y a registrar cada variable del proceso.
Incorporamos la saponificación en frío como método central. Aprendimos a balancear aceites de coco, palma y ricino para lograr una pastilla firme pero suave, y definimos el curado mínimo de 45 días que mantenemos hasta hoy.
Diseñamos un sistema de fichas técnicas para cada lote: origen de la materia prima, fecha de cosecha, método de extracción y resultados de control organoléptico. Así garantizamos que cada envase cuente su propia historia.
Abrimos las puertas del laboratorio para compartir el oficio. Los talleres de cosmética natural reunieron a personas interesadas en formular sus propias cremas y bálsamos, y nos obligaron a sistematizar nuestro conocimiento.
Sumamos tónicos herbales con hamamelis y lavanda, y blends aromáticos para masaje. Cada fórmula pasó por al menos seis meses de prueba en pieles sensibles antes de salir al catálogo.